07 agosto 2015

El efecto "pastorcito mentiroso"


Por Bernardo Veksler

Desde que la denominada “grieta” se agudizó en el país, Jorge Lanata se transformó en un protagonista destacado de una de sus líneas fronterizas. Su labor se fue alejando cada vez más de aquel  indiscutido referente del periodismo y entregó todo el prestigio conquistado al servicio del comendattore contratante. Su labor se travistió y pasó de ser un periodista modelo a transformarse en el mejor publicista de la prédica corporativa mediática.

Abandonó las pautas básicas del periodismo para reconstruir historias, sin tomar en cuenta el elemental “chequeo” de las fuentes que pudiera garantizar el mayor grado de veracidad posible a los contenidos; sorteó límites elementales y violó principios básicos del periodismo para presentar dudosos testimonios y documentos acomodados a la necesidad de ofrecer denuncias espectaculares contra el oficialismo nacional, que se desgranaban, poco tiempo después, por su alarmante endeblez argumental.

Así ocurrió con las bóvedas, el traslado de bolsas de dinero hacia y desde Río Gallegos, las valijas llevadas a Carmelo por Boudou, las cuentas de Máximo Kirchner y las de su madre en las islas Seychelles, toda la parodia montada en torno al caso Nisman y, ahora, la denuncia contra Aníbal Fernández y el inventado ataque que sufrió el animador de la noche del domingo.

También, evidenció una total unilateralidad en sus investigaciones periodísticas sobre presuntos ilícitos. Nunca abordó alguno de los que se suceden en la administración porteña, donde se conjugan un inusitado endeudamiento con obras de dudoso valor, puestas al servicio de las sobrefacturaciones a los colegas del jefe. Tampoco  demostró interés en sacar a la luz los negociados de los referentes de la Sociedad Rural ni de los que fugaron descaradamente capitales o los que especularon con las necesidades populares (entre ellos sus propios mandantes). 

La reiteración de esos reiterados fiascos entusiasmó a los que necesitan alimentar el odio contra el oficialismo y sus seguidores, alcanzando en su intolerancia hasta a los que pretenden encontrar racionalidad y posturas esclarecedoras dentro de la polarización reinante.

Aunque la credibilidad no parece ser una preocupación de los escribas de Magneto; la reiteración de fallidos está planteando una derivación no contemplada por los que deciden esos contenidos: el efecto “pastorcito mentiroso”.

Cada nueva denuncia publicada por la corporación mediática está generando una propensión de interés decreciente, tendiendo a que sea obviado el adecuado análisis que una opinión crítica debe merecer. Los que no se resignan al papel de devotos de esa prédica mediática, ante las reiteradas muestras de insolvencia, tienden a rechazar las argumentaciones de cada show y cada denuncia.

Así como las divertidas actuaciones del “pastorcito mentiroso” alimentaban el desinterés de sus vecinos por acudir en su auxilio; en este caso, se produce un fenómeno parecido: los ciudadanos que pretenden esclarecerse, discernir seriamente sobre los posibles casos de corrupción y exigir que los actores de esos ilícitos sean expulsados de la función pública, condenados y paguen con su propio patrimonio por el daño causado; lejos de ello, tienden a rechazar cada una de esas denuncias, al haberse acostumbrado a que se demuestre rápidamente su falsedad.

Funciona como un estalinismo al revés. Cuando ese régimen se mantenía en pie, la militancia de los partidos comunistas se encontraba blindada a las críticas, creían a pie juntillas lo pregonado por los líderes de que estaban originadas en oscuras intenciones del imperialismo de desacreditar al socialismo. De esa manera, la difusión de las barbaridades cometidas no hacía mella en la adhesión de los militantes.

Estos señores que se proponen destruir al enemigo elegido lanzándole los proyectiles pesados que pueden disparar desde su poderosísima artillería mediática, están logrando el efecto opuesto: debilitando las voluntades verdaderamente independientes y abroquelando a la militancia kirchnerista en contra de la maniobra orquestada.

La difamación serial de baja calidad que se desarrolla desde la corporación mediática, opera como un elemento preventivo y contrarrestante de cualquier hecho de corrupción que pueda llegar efectivamente a probarse. En el caso de que alguna de esas denuncias pueda verse corroborada, el descrédito acumulado del denunciante actuaría como un elemento disuasivo de los que quieran verificar  la verosimilitud de la denuncia.

El show mediático consigue que el golpe de efecto sustituya al razonamiento metódico. En lugar de aportar al esclarecimiento, al debate profundo y a las conclusiones indubitables; va logrando que se lo rechace sin que se le dedique una evaluación seria y sea considerado a priori como un nuevo episodio de la larga secuencia de actos fallidos.    

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